miércoles, 18 de diciembre de 2013

La Duquesa de Santoña, una motrileña excepcional

María del Carmen Hernández Espinosa de los Monteros (1828-1894) nació en el seno de una familia terrateniente, hija de José Hernández Guerrero (1805-1870) y de María del Carmen Espinosa de los Monteros y Burgos, emparentada ésta con la familia Burgos de Motril, dedicada a la explotación del azúcar y dueña de ingenios y fábricas azucareras, que inmortalizó su apellido a raíz del político, pensador y escritor Javier de Burgos, el primer Ministro de Fomento de la Historia de España y responsable de la división territorial de España en provincias.

Caballería española del siglo XIX, lienzo de Augusto Ferrer Dalmau

No tuvo una adolescencia fácil, puesto que se queda huérfana a los pocos años soportando a un padre tiránico del que rehuirá a la primera ocasión que tenga, para no volver a verlo jamás. Y esa primera ocasión le llegó en su Motril natal, cuando se cruza en su vida un capitán de caballería del que pronto se enamora. Tenía él 16 años más que la joven María Hernández, que da el sí quiero ante la Virgen de la Cabeza, previo haber leído “los dichos en la Parroquial de la Encarnación”, un 26 de febrero de 1846. Era una jovencita de 18 años que seguirá los pasos de su marido allá donde es enviado, hasta que voluntariamente y mucho antes de lo que le correspondía, el capitán decide pasar a la reserva activa justo al término de la Guerra de Marruecos (1860). Ascendido inmediatamente al grado de Comandante, el matrimonio y el único hijo que tuvieron, se traslada a Madrid en donde el militar (que había nacido en la provincia de Ciudad Real) tiene familia. Allí le sobreviene a José de Heredia la muerte por un cáncer de lengua, a los 60 años un 24 de enero de 1873, dejando viuda a nuestra motrileña.

"Batalla de Tetuán". Dionisio Fierros Álvarez (1894)
Fue comandada por el General O`Donnel.

Quiso el destino que la viuda fuera invitada a un acto organizado por  el Partido Liberal para atraer a la causa de la Restauración Borbónica a las clases sociales más distinguidas. En calidad de viuda de un oficial que luchó junto a O`Donnel, fue llamada a la fiesta doña María. Y en la fiesta habría de ver por vez primera a Juan Manuel de Manzanedo y González de la Teja (1803-1882), entonces Marqués de Manzanedo y uno de los más importantes y ricos españoles de la época, al poco, Duque de Santoña, Grande de España, Gentilhombre de Su Majestad y, aunque ya lo hayamos dicho, rico, muy, muy rico.

Salón Turco del Palacio de Santoña, dedicado como "sala de fumadores".

Juan Manuel y doña María estaban ambos viudos. La única hija de él vivía entonces en París y el hijo (José) de la motrileña, hacía tiempo que había formado su propia familia, de manera que solos y en edades comprometidas, más el marqués que doña María, decidieron casarse. No le duró la viudedad a nuestra protagonista ni 11 meses. Poco antes de darse el sí quiero, María le pidió como regalo de bodas al futuro esposo que comprara el Palacio de los Goyeneche de la Calle del Príncipe y de la Calle Huertas de Madrid. No tenía que haber mucho problema, porque una vez satisfecho el deseo, Juan Manuel declaró una fortuna de casi 140 millones de reales en efectivo, a lo que habríamos de sumar las propiedades muebles e inmuebles. Y así, llegó el gran día: el 18 de diciembre de 1873, en la Iglesia Parroquial de San Sebastián de Madrid, María del Carmen Hernández se casaría con Juan Manuel de Manzanedo, convirtiéndose en la marquesa y al poco, en la Duquesa de Santoña como desde ahora la conoceremos. Tenía él en el momento de la boda 70 años (era incluso mayor que el padre de María Hernández) y ella 45 años.

El Duque de Santoña, grabado de 1876.

Juan Manuel fue un visionario que como tantos otros españoles, probó fortuna en las Indias y no le fue mal. Su figura es digna de estudio. Con apenas 20 años, llegó a Cuba en medio de las revueltas independentistas que acabarían con el Imperio Español y, de ser un simple sirviente, acabó dedicándose a actividades financieras y a la trata de esclavos. Cuando regresa a España en 1842, se trae consigo una inmensa fortuna que superaba los 50 millones de reales y el deseo de dedicarse a vivir de esas rentas en Madrid. De origen cántabro, se establece en 1845 en la Capital del Reino para dedicarse desde entonces a la especulación urbanística que terminaría por concederle todavía más dinero.

Mientras formaba parte del selecto grupo de españoles que desarrollaron el nuevo urbanismo madrileño (como el Marqués de Cubas o el de Salamanca), se interesó por la política. Era ya entonces banquero cuando entra a formar parte del partido del General Leopoldo O`Donnell, que terminaría siendo Presidente del Gobierno. En el seno de la Unión Liberal, fue un partidario y seguidor de Isabel II, que le concedería en 1864 el título de Marqués de Manzanedo y al fin, su hijo Alfonso XII, el título de Duque de Santoña en 1875. A fin de cuentas, había sido uno de los más activos partidarios de la restauración borbónica, financiando de su bolsillo la “operación” que habría de devolver el trono a los Borbones.

La Puerta del Sol en 1870

El Duque se movía como pez en el agua en cuestiones urbanísticas y de la construcción. De hecho, la Puerta del Sol de Madrid toma la configuración actual gracias a su intervención, ya que el de Santoña construyó toda la parte de casas frente a la que fue Casa de Correos (Comunidad de Madrid). Se jactaba de aquella operación en las reuniones sociales viniendo a decir que: “la Puerta del Sol es el patio de mi casa”. Tuvo nuestro hombre tiempo para ser armador, fundador del Banco Hispano, del Banco de Santander y colaborar activamente con la todopoderosa Banca Rothschild.

Habíamos dicho que lo primero que hace doña María es pedirle al futuro esposo un regalo de boda, el Palacio Goyeneche, con entrada por la Calle Huertas de Madrid pero con fachadas a varias calles como la del Príncipe. El caso es que el Palacio era (y es) una soberbia construcción. Lo había levantado Juan Francisco de Goyeneche, nada menos que el banquero personal del Rey Felipe V. Le encargó la obra al fabuloso José de Churriguera que muere justo cuando tiene los planos acometidos, así que lo comienza en 1731 su discípulo Pedro de Ribera (1681-1742). Pero en cuanto la futura Duquesa pone los ojos en él, comenzarán las transformaciones que lo harían uno de los edificios más lujosos de Madrid. La reforma es del arquitecto Antonio Ruiz de Salces (1820-1892), que respeta el aspecto del barroco castellano y realiza los cambios al antojo de María Hernández.

Bóveda del Salón de Bailes del Palacio de Santoña

El interior se fue llenando de un exotismo desconocido; el gusto por lo oriental tenía subyugados hasta a la mismísima Casa Real y las paredes y techos se cubrieron con frescos y pinturas de Francisco Sans Cabot (1828-1881), con alusiones a Santoña, cuna del Duque, una alegoría de las cuatro estaciones y óleos alusivos al comercio y a la industria, que tanto provecho y fortuna le dieron a don Juan Manuel. Los techos los realizó Manuel Domínguez, que puso su arte al servicio del Salón de Fiestas, concebido como un Salón Pompeyano con techos neorrenacentistas, medallones con artistas del Cuattrocento y detalles de las artes. Al exterior, un mirador preparado para albergar fiestas al aire, estaba dominado La Rotonda, toda de mármoles con pinturas de Plácido Francés y Pascual (1834-1902).

Techos de la escalera principal del Palacio de Santoña

Cuando murió el Duque y antes del regreso desde Cuba de su legítima heredera, su hija, doña María vivirá un trágico momento: la hijastra la acusa de apropiación indebida de la herencia paterna y la denuncia. El pleito durará diez años y doña María un calvario hasta casi el día de su muerte. Vio cómo sus propios abogados la traicionaban, los administradores de la fortuna de su marido se conchababan con la hija del difunto y al fin, en 1893, arruinada y desmoralizada, una sentencia falla en su contra y le obliga a abandonar el Palacio, además de injustamente, privarla de cuanto le había dejado el Duque.

José Canalejas instigó para conseguir el Palacio de doña María Hernández

Había sido víctima de un complot en el que participaría hasta el mismísimo José Canalejas (1854-1912), por aquel entonces Ministro pero que llegaría a ser Presidente del Gobierno y que consiguió una expropiación del Palacio de Santoña que se quedó para sí y en donde vivió hasta la muerte. La Duquesa iba a ver cómo la hija de su difunto marido la iba desposeyendo de todo, cómo compraba las voluntades de jueces y abogados que poco a poco esquilmaban a doña María. Ella, que desde la muerte de su único hijo, había tenido que hacerse cargo de sus tres nietas. Ella, que había formado parte del matrimonio más poderoso y solvente de la España del momento. Ella, una benefactora volcada en la caridad y recompensada así.

A lo largo de su vida, hizo algo más que vivir holgada y opulentamente. Fundó la primera destilería de alcohol del sur de España que llamó "Las tres hermanas en honor a sus nietas, que estuvieron a su cargo por el fallecimiento del padre de éstas, José, su único hijo. En 1873 adquirió el Balneario de Lanjarón y pronto lleva a cabo una ampliación y la instalación de baños termales que lo convirtieron en uno de los destinos turístico-sanitaros más importantes en España, con reconocimientos y medallas de oro en Amberes o París y que en aquel momento fue el lugar de veraneo de la burguesía andaluza. 

Pero si algo inmortalizó su figura y la ha catapultado al reconocimiento post mortem es su ahínco y dedicación por fundar, costear y sostener un Hospital dedicado exclusivamente a los niños enfermos. Gracias a sus desvelos, nació en 1877 el Hospital del Niño Jesús de Madrid en terrenos de su propiedad y bajo su propio pecunio que con el tiempo, se convertiría en un pionero de la pediatría europea y que sigue hoy día funcionando en Madrid. 
  

Fotografía del retrato que Federico Madrazo le hizo a la Duquesa en 1873
y que se conserva en el Museo de Álava. 

Al fin, a las tres menos cuarto de la tarde del 14 de octubre de 1894, con 66 años de edad, en su domicilio modesto, sencillo y frío de la Calle Olózaga de Madrid, que habitaba desde hacía un año con sus nietas en el 2º piso de un sencillo bloque, le vino la muerte por un fallo cardiaco. La lesión valvular probablemente fue producto de los diez años agónicos que tuvo que experimentar; había sido la fundadora del primer hospital para niños de Europa, que costeó de su propia economía. Fundó una fábrica alcoholera en Motril, la primera dedicada a la destilación de alcohol de todo el sur de España. Pionera, caritativa y preocupada por los males de la sociedad que le tocó vivir, disfrutó apenas siete años de los lujos que le trajo su segundo matrimonio, para después experimentar un calvario que dio con ella en la sencillez casi insultante del Cementerio de San Isidro de Madrid. Allí sigue descansando eternamente la aristócrata motrileña.


Carta de pésame recibida por la Duquesa a la muerte del Duque de Santoña. Literalmente, dice: “Expresándole sus condolencias por la muerte del Duque su marido, habiéndose enterado por Manuel Silvela, le acompañamos en el dolor y mi mujer la Marquesa de Loring le presenta su sentido pésame.



Del gusto de la Duquesa por las joyas sabemos bastante y la foto de arriba prueba su "pasión coleccionista". Un joyero madrileño le envía una nota descriptiva de un collar que tiene en venta, por si pudiera interesarle La carta del joyero ofreciendo a la Duquesa de Santoña, un collar de brillantes, dice textualmente: “Se compone de piedras grandes circundadas de otras menores” y un abanico de gemas cuyos exteriores son de oro colado y montado en perlas y brillantes. Año 1877, en Madrid”. 

Una sobresaliente mujer con una vida digna de ser llevada al cine. 

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante, tengo que reconocer que no conocía la existencia de la Duquesa. Una prueba más de lo poco que los motrileños conocerlos Motril, o a nuestros motrileños ilustres. Gracias por la entrada!

Jose Antonio dijo...

Está enterrada en un sencillo nicho en el cementerio de San Isidro de Madrid

Jose Antonio dijo...

Está enterrada en un sencillo nicho en el cementerio de San Isidro de Madrid

Jose Antonio dijo...

Está enterrada en un sencillo nicho en el cementerio de San Isidro de Madrid

Jose Antonio dijo...

Está enterrada en un sencillo nicho en el cementerio de San Isidro de Madrid